Durante décadas, muchas ciudades latinoamericanas rectificaron ríos, hormigonaron cauces y ocuparon planicies de inundación como si el agua pudiera ser expulsada del proyecto urbano. Una nueva revisión reúne cinco parques en Chile, México y Brasil que ensayan la estrategia opuesta: admitir la crecida, reservarle suelo y usar ese territorio como espacio público cuando permanece seco.

El Parque Inundable Víctor Jara transforma unos 4,7 kilómetros del Zanjón de la Aguada, en Santiago. Construido por etapas desde 2013, combina drenaje, áreas de retención, recorridos peatonales y ciclistas, juegos y deporte en barrios históricamente afectados por contaminación, inundaciones y falta de espacio verde.

En Copiapó, Kaukari Urban Park organiza el lecho del río por cotas. Las zonas bajas quedan disponibles para el agua y la vegetación; las terrazas intermedias admiten paseo y encuentro; las áreas altas reúnen programas cívicos y deportivos. La sección, más que una barrera, decide qué puede inundarse y qué debe seguir operativo.

La clave. estos parques no eliminan el riesgo. Lo hacen visible y lo distribuyen mediante topografía, superficies inundables, estanques y vegetación. Esa aceptación exige protocolos de cierre, limpieza y mantenimiento, pero evita prometer una seguridad absoluta que ninguna obra hidráulica puede garantizar.

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Isla Cautín, en Temuco, suma otra dimensión. Sus 28 hectáreas integran humedales, canales, una gran pradera y programas de deporte, educación y cultura. El parque incorpora un espacio ceremonial mapuche y un memorial de derechos humanos, demostrando que la gestión del agua puede convivir con memoria y prácticas sociales.

En Nogales, Taller Capital trabaja sobre una presa rodeada por vivienda. Terrazas de gaviones estabilizan pendientes y crean recorridos; plataformas capaces de inundarse contienen canchas, jardines y juegos. La infraestructura deja de ser un recinto vedado y se convierte en un lugar que el barrio puede habitar sin perder su función de control de escorrentías.

Rachel de Queiroz Park, en Fortaleza, utiliza nueve lagunas conectadas para recibir agua y apoyar la filtración mediante vegetación acuática. Caminos, ciclovías y áreas de reunión ocupan un terreno antes marcado por vertidos y aguas residuales. El sistema mejora su valor urbano precisamente porque no separa restauración ambiental y uso diario.

Qué viene ahora. el desafío es conservar estos paisajes cuando la atención política pasa. Sedimentos, residuos, vegetación y equipamientos necesitan gestión continua. Los cinco casos no ofrecen una receta universal, pero sí una regla robusta para la ciudad climática: el suelo destinado al agua puede ser, entre crecidas, uno de sus espacios públicos más valiosos.