En Cau Giay, uno de los distritos más densos de Hanoi, Sunjin Vietnam Joint Venture Company completó el jardín infantil Nghia Do: un equipamiento de 5.302 m² para aproximadamente 600 niños. Veinte aulas se agrupan alrededor de un patio central que funciona como corazón climático, visual y cotidiano de la escuela.

La arquitectura no parte de un bloque compacto, sino de una serie de volúmenes elípticos enlazados por corredores curvos. La geometría elimina esquinas ciegas, amplía los campos de visión del personal y hace que desplazarse entre aulas, comedor y áreas comunes sea parte de la experiencia educativa.

El patio establece una distancia respecto del tráfico y del ruido exterior. Las aulas miran hacia este vacío compartido, de modo que el conjunto construye su propio paisaje interior sin aislarse por completo del barrio.

Las fachadas incorporan lamas multicolores que filtran radiación solar y atenúan estímulos de la calle. Su color no es un adorno añadido: hace legibles los distintos sectores y ofrece a los niños referencias inmediatas para orientarse.

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En cifras, el centro reúne 20 aulas y una capacidad cercana a 600 alumnos. Esa escala obliga a resolver simultáneamente evacuación, vigilancia, accesibilidad, acústica y una variedad de ritmos diarios que van desde la llegada masiva hasta el descanso.

La clave ambiental está en la ventilación cruzada. Aberturas opuestas, corredores abiertos y la separación entre cuerpos permiten mover aire a través de las aulas, mientras el acristalamiento lleva luz natural al interior sin renunciar al control solar.

La cubierta prolonga el programa con áreas plantadas y recorridos de juego. En una ciudad donde el suelo libre es escaso, elevar parte del espacio exterior permite que la escuela gane superficie de movimiento sin ocupar más terreno.

Los accesos también reconocen escalas distintas: junto a las entradas para adultos aparecen puertas dimensionadas para niños. El gesto hace visible que la institución no es una versión reducida de un edificio convencional, sino un entorno pensado desde el cuerpo de sus usuarios principales.

La forma elíptica tiene un coste técnico: exige encuentros, carpinterías y mobiliario capaces de seguir radios variables. Su valor dependerá de que esa complejidad se traduzca en seguridad, confort y uso, y no únicamente en una imagen reconocible.

Por qué importa. muchas escuelas nuevas en ciudades densas terminan resolviéndose como edificios cerrados con patios residuales. Nghia Do invierte esa jerarquía y coloca el vacío colectivo antes que la suma de salones.

El proyecto deberá demostrar cómo envejecen las lamas, las superficies de juego y la vegetación bajo un uso intenso. También será importante medir el comportamiento térmico durante los meses más húmedos y calurosos de Hanoi.

Su aportación más clara está en tratar el espacio entre aulas como infraestructura pedagógica. El aprendizaje no ocurre solamente frente a una pizarra: también se construye al cruzar un corredor, reconocer un color, mirar el patio o apropiarse de la cubierta.