La infraestructura eléctrica suele aparecer cuando falla. Mientras funciona permanece detrás de una puerta técnica, una valla o una factura. Civic Grid propone lo contrario: hacer que una batería forme parte visible del espacio público.

El primer prototipo se ha instalado en una plaza renovada de Cannington, una localidad de Ontario. Fue diseñado por los arquitectos Jack Self y Josh Harskamp junto al diseñador industrial Max Fine y combina un sistema de almacenamiento de 60 kWh con asientos y puntos de carga para el público.

La batería se carga durante la noche, cuando la electricidad es más barata y la presión sobre la red es menor. Durante el día puede descargar energía, reducir la demanda máxima del lugar y ofrecer más potencia de la que permitiría utilizar continuamente su conexión convencional.

También alimenta a fundaciones benéficas locales y puede suministrar electricidad durante un corte. Esa combinación cambia su condición urbana: ya no es una caja que ocupa suelo para resolver un problema privado, sino una pieza con una prestación cotidiana y otra de emergencia.

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El proyecto parte de un diagnóstico sencillo. La electrificación de edificios, vehículos y servicios está creciendo más rápido que muchas redes. Ampliar subestaciones y cableado requiere tiempo; colocar almacenamiento cerca de la demanda permite desplazar energía entre horas y evitar algunos picos.

El problema aparece al introducir esos equipos en tejidos densos. Los sistemas convencionales suelen ser costosos de ubicar, difíciles de integrar y visualmente tratados como objetos que deben ocultarse. Cada ocultación consume más suelo, cerramientos y distancia respecto a la vida pública.

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Civic Grid intenta convertir esa dificultad en lenguaje arquitectónico. Su pieza es monolítica y legible: muestra que guarda energía sin parecer un contenedor industrial abandonado en medio de una plaza. El banco no disfraza completamente la máquina; explica que la infraestructura puede prestar más de un servicio.

El prototipo deriva de un sistema energético desplegable desarrollado con Protección Civil de Lisboa para la Trienal de Arquitectura de 2025, que continúa en funcionamiento. Pasar de un dispositivo temporal de emergencia a un elemento permanente permite comprobar qué cambia cuando mantenimiento, vandalismo, lluvia, calor y uso diario entran en el diseño.

La cifra de 60 kWh debe leerse con cuidado. No transforma por sí sola la red de una ciudad y es pequeña frente a una batería industrial. Su importancia está en la escala de distribución: muchas unidades próximas a equipamientos, plazas o vivienda podrían sumar flexibilidad sin concentrarla toda en una instalación periférica.

Eso exige reglas claras. ¿Quién opera la batería? ¿Quién responde por su seguridad? ¿Cómo se reemplazan las celdas? ¿Qué parte del ahorro vuelve al espacio público? Una buena carcasa no resuelve gobernanza, ciclos de vida ni origen de la electricidad almacenada.

Para arquitectos y administraciones, el prototipo abre un campo concreto. Transformadores, depósitos, equipos de refrigeración, telecomunicaciones y almacenamiento energético pueden diseñarse como infraestructura cívica si la prestación pública se incorpora desde el encargo y no como decoración posterior.

El dato: Cannington ya dispone de un sistema de 60 kWh que carga por la noche, descarga durante el día, integra asiento y carga pública y puede responder durante cortes. La lectura editorial empieza después: la transición energética será más aceptable cuando las comunidades puedan reconocer qué ocupa su suelo y qué reciben a cambio.

La pregunta

¿Una batería se vuelve pública solo porque incorpora un banco?

No. El asiento mejora la relación inmediata, pero el verdadero carácter público depende de quién controla la energía, cómo se reparte el ahorro, qué ocurre durante una emergencia y si la comunidad puede exigir información sobre su funcionamiento.