La arquitectura de supervivencia ya no se limita al búnker aislado. Una nueva revisión examina cómo autonomía, redundancia y capacidad de reparación entran en edificios pensados para crisis climáticas y fallos de infraestructura.
El interés está en sistemas que continúan funcionando cuando las redes se interrumpen: captación y almacenamiento de agua, energía distribuida, ventilación pasiva y espacios capaces de cambiar de uso.
La lección útil no es diseñar desde el miedo, sino asumir que la resiliencia se construye con mantenimiento, recursos compartidos y soluciones comprensibles para quienes habitan el edificio.
